Galería Sendrós 07

Empapelado - Serigrafía sobre papel de seda - 5.20 x 3.5 mts.






Diario Página12. Suplemento Radar. Por Leopoldo Estol

Domingo, 21 de Octubre de 2007


Colores santos


Con el halo espiritual del op art, la capacidad de la música electrónica de hacernos viajar en el tiempo y la repetición sintética del minimalismo, las pinturas de Verónica Di Toro se despliegan en las telas con una cualidad propia: la de hacernos viajar en el idioma del color y sorprendernos sin sobresaltos con las premoniciones de los déjà vu por venir.


La primera sensación es de alarma. En la pared principal de la Galería Alberto Sendrós hay una escalera mecánica monstruosa puesta de lado que nadie se imagina muy bien cómo llegó hasta ahí... No, mentira: se exhiben 5 cuadros de metro y medio por dos construidos por delicadas líneas que atraviesan el cuadro de una punta a otra que, con la misma comodidad de una buena escalera mecánica, en un instante trasladan la mirada de un extremo de la sala al otro.
Estamos en la última muestra de Verónica Di Toro, una pintora nacida en 1974 que vive y trabaja en esta ciudad, formada en la escuela de arte local (Pueyrredon-IUNA) y en el taller de Sergio Bazan. Energía Renovable es el título de la muestra. Wikipedia llama energía renovable a la energía que se obtiene de fuentes naturales virtualmente inagotables, unas por la inmensa cantidad de energía que contienen (como el sol), y otras porque son capaces de regenerarse por medios naturales indefinidamente (la energía hidroeléctrica por ríos, eólica por viento, etc). Claramente, los combustibles fósiles no son energía renovable. El petróleo, el gas y el carbón, pilares de gran parte de nuestra economía, según cálculos de Hubbert se acabarían en cuestión de décadas. Pero, ahora con algo de urgencia: ¿cómo se hace la energía renovable? ¿Cómo la fabricamos? ¿Tiene que ver con el famoso menos es más? Algo. Una norma saludable en la economía de cualquier cosa: la posibilidad de con lo poco hacer más. Una transformación que buscamos en cualquier campo y que en el arte es casi la regla fundante del juego. Y uno bien podría preguntarse: ¿cuán poco se puede hacer con la pintura? ¿Cuánto es poco para la pintura? Depende de qué poco. Poco, ¿como para Robert Ryman? Ese yanqui obsesionado con casi tantos matices de blanco como los que los esquimales pueden pronunciar que ha logrado hacer una vida de las infinitas variables y estrategias que el color blanco puede ofrecer. Poco como On Kawara, que pintó durante décadas tan solo el día en el centro del cuadro y con esa fecha a él le alcanzaba para darles espesor a su tiempo y a su trabajo. Poco, lo que hay en la galería es poco: hay una paleta de colores y un diseño. Una paleta tan meticulosa aunque más diversa que los blancos de Ryman y un diseño tan exacto como el de las pinturas con fecha de Kawara pero sin esa exagerada fidelidad al calendario. Y, claro, ahí viene el truco, es poco lo que hay pero es más que suficiente para llenar las paredes de cuadros.
El acrílico se impone allí como la mejor sustancia para dar cuerpo a ese diseño repetido de distintas inclinaciones y combinaciones de colores que una y otra vez da por resultado cuadros. Y en los cuadros algo curioso o, mejor algo, misterioso: un gran continuo de movimiento que se regenera con esperanzadora calma. No hay mucha sustancia, ni materia, como les gusta decir a los pintores. Con una intermitente combinación de colores y milimétrica factura, estos trabajos desafían abiertamente a nuestros cuerpos. Si bien se trata de cuadros, podemos olvidarnos de ese detalle y, dada la precisión, hablar de pantallas. ¡Hay radiación catódica! Son campos de fuerza rgb, magnéticos en ritmo que atraen y expulsan miradas. Es por sobre todo un trabajo minucioso de tonalidades. Di Toro no busca el contraste más efectivo –que sería sin dudas el rojo sobre azul, dos colores que se disputan el ojo hasta hacerlo doler–, Di Toro busca colores más calmados pero los tensiona más tarde alternándolos en relación musical unos con otros, armando secuencias de, por ejemplo, fucsia-rojo-blanco-naranja-verdes-azul que se repiten un poco más tarde distraídos como si nada hubiese pasado. Un alemán decía que lo atractivo de la música electrónica estaba en cómo el loop, en su monótona repetición y mínima alteración, daba la sensación al afiebrado clubber de estar viajando en el tiempo. Esas líneas que están ahí pero yo ya las vi un poco más atrás en el mismo cuadro. Y un poco más adelante, y un poco más adelante. Con los dedos de Di Toro encima del fast forward y el rewind, estas superficies son un parque de diversiones solo para nuestros ojos.
Ahora sí, ¿viajamos en el tiempo? Sí, a Estados Unidos, al año 1968: directamente a ver al recién nacido minimalismo. La seguridad con la que estos cuadros se apropian de la pared recuerda a Donald Judd, el artista norteamericano que hizo entrar la industria al mundo de las galerías. Judd repetía una serie de cajas metálicas de perfecta terminación industrial con separaciones constantes. La clave era la repetición, una cosa dicha tres veces no es la misma cosa. Y si lo piensan dos segundos, la clave del minimalismo es la repetición: tres veces la misma cosa es una poderosa afirmación. Entonces, las pinturas de Verónica usan la repetición para presentar un modulo de colores y hacer variaciones más atrás y más adelante que a simple vista cautivan por una tensión tan musical como visual. A diferencia de la música electrónica –que se desarrolla en el tiempo– y del minimalismo –en donde el módulo es constante–, estas pinturas aprovechan su condición de superficies para desplegar múltiples tonos que suben de derecha a izquierda o viceversa y así durante un rato pasean a la mirada de aquí para allá. Proponiendo un juego que refiere a la industria de manera esquiva, a una industria de la imagen, una imprenta o una impresora hogareña quizá, con los deberes de formas y colores que tienen las máquinas que repetitivamente llenan hojas de patrones. Sí, acá hay un patrón muy prolijamente estandarizado que le debe inspiración a la máquina y pasión al empeño de la artista y será por esa mezcla que lo que más queda es la sensación. Esa vibración tan efectista como espiritual con la que el buen arte Op tiene lugar y permanece. Un teórico re-atento diría que detrás de cada cuadro Op hay un tratado sobre lo visible que nos recuerda que nuestros ojos envían impulsos nerviosos que el cerebro decodifica y transforma en imagen-pensamiento y que la vibración que sentimos es una toma de conciencia sobre los mecanismos que usamos para mirar. Sí, sí, sí, ¡todo eso es verdad! Pero hay algo más. Estas pinturas son los mejores Yummy: es todo el sabor a plástico que una buena golosina tiene que tener y encima, todavía son masticables.

2 comentarios:

Carchi dijo...

Felicitaciones por el blog!!
Obviamente, el 4 estaremos ahi celebrando una nueva muestra. Besos!

Orquesta Roja dijo...

Muy contundente tu página y tu trayectoria. se ve genial.besos!