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12/2/19

Modular - CC Borges


  



Toda definición estática de la pintura se refuta en este programa de trabajo. Cada cuadro está libre de cambiar su posición en relación con sus vecinos, cada cuadro puede independizarse y girar.

Así una acumulación sistemática de colores y experiencias fueron sumando ejemplar tras ejemplar, la construcción de esta posibilidad monumental de pintura sobre tela, que al mismo tiempo que se presenta, postula su capacidad infinita de modificarse.

Las sencillas premisas de las cuales la artista no se aparta, son la garantía de esta libertad extrema que la experiencia de la pintura, como ninguna otra, provee.

Magdalena Jitrik (Fragmento de “Monumentalidad de un proyecto” Mix 05)

11/10/18

Piedra y Consciencia en Galería Gachi Prieto - 2018











PIEDRA Y CONSCIENCIA

I. En el prefacio de la edición japonesa de El arte del color, el pintor Johannes Itten escribió: “Para llegar a ser un maestro del color, es indispensable estudiarlos y asimilar a cada uno siendo consciente al mismo tiempo de las infinitas combinaciones que existen entre todos”.

Durante casi cuarenta años, primero en Viena, luego en la Bauhaus de Weimar y en otras escuelas de Alemania y Suiza Itten se dedicó a desarrollar su teoría del color. Pintaba, investigaba y compartía sus elucubraciones artísticas (y también espirituales) con sus alumnos, entre quienes estuvieron por ejemplo Klee y Kandisnky.

Itten desde siempre estuvo comprometido con la experimentación, con la enseñanza y con la producción artística, entendidas las dos últimas muy probablemente como una misma práctica. Dos objetivos guiaron su trabajo: conocer las leyes de la forma y liberar las potencialidades expresivas de sus estudiantes. Todo a partir del color. 

II. Mientras preparaba los contenidos de una materia que dictaría en una escuela de enseñanza artística, Verónica Di Toro repasaba las ideas del místico Otto Runge, de Wilhelm Oswald o la teoría sobre la interacción del color de Josef Albers. Así fue como comenzó a hacer unas cuadrículas en papel con los contrastes de Itten.
Existen momentos que nos llevan a valiosos hallazgos y re-descubrimientos. Además de decidir los diferentes métodos que ayudarían a los estudiantes a hacer uso y pensar en términos del color, fue en este instante que, cansada del juego de encastres y líneas de su serie anterior (Puertas, 2015), Di Toro decidió abandonar la investigación de la forma determinada por la línea negra y concentrarse en el color. 

Itten determinó que los contrastes eran siete: contraste del color en sí mismo, de claro-oscuro, de cálido-frío, de complementarios, contraste simultáneo, cuantitativo y cualitativo. Describir a cada grupo resultaría aburridísimo, solo los presento porque me resulta fascinante que alguien se haya tomado el trabajo de agruparlos, y sobre todo porque al ver la nueva serie de obras de Di Toro confirmo que la lógica del sistema funciona... aunque ¡ojo!... al momento de pintar la artista elige guiarse por la intuición (intuición adiestrada tras años de ejercicios sobre el tema) y olvida el rigor de todas, absolutamente todas las teorías del color.

La obra de la artista no obedece a ningún imperativo relacionado a los programas de las vanguardias concretas con las que se tiende a relacionar su trabajo. Verónica Di Toro recoge aspectos de esta tradición, también del op art, del minimalismo y juega. Satisface una demanda interna donde el color funciona como vehículo de exploración, el color es capricho. Es la piedra que ancla, es el elemento que combinado de todas las formas la arrima, nos arrima a la orilla del infinito.



Lara Marmor


4/6/15

Presente Continuo - Museo de Arte Contemporáneo de Salta - 2015













Presente Continuo, reúne una selección de obras de Verónica Di Toro que, en concordancia con su reconocida producción, se compone de pinturas geométricas, resultado de un método  ideado  y rigurosamente ejecutado. En Presente Continuo tenemos la posibilidad de apreciar la progresión y continuidad de sus trabajos a través de los años, la forma en que explora las diferentes estructuras compositivas por medio de las distintas relaciones cromáticas: desde sus pinturas más enérgicamente contrastadas a las atmósferas diáfanas de los últimos tiempos.

Cada pintura de Di Toro es una especie de “signo abstracto” que opera en el espectador en un nivel inconsciente, apartada de los patrones del habla y la escritura. Estas unidades pictóricas se relacionan con otras por medio de módulos, formando conjuntos, y es en este dialogo donde se desarrolla un territorio cromático que es percibido física y emocionalmente, debido a los grandes formatos en los que elige pintar. Así mismo, al mirar a corta distancia, sus trabajos recompensan con la sutil precisión de los detalles. En contraposición con el dinamismo de su producción, sus pinturas incitan a reducir la velocidad para dar lugar a una experiencia de placer.


Gabriela Boer, mayo de 2015

22/9/14

Rítmica del tiempo - Galería Schlifka Molina - 2014


















Vértigo
Al relatar su viaje a Estambul algunos años después de su exilio, Joseph Brodsky sugiere al lector adoptar una actitud escéptica. No por haber incurrido en algún tipo de falacia o argucia malintencionada, en cual caso el engaño no sería revelado; sino porque admite que cada observación se resiente de los rasgos personales del observador. El hábito no repara en sutilezas, menos aún cuando las sutilezas se desparraman en grandes lienzos color pastel. En ocasiones como esta la incredulidad se convierte en aliada.
Cuando los colores saturados desaparecen, los rojos brillantes ya no contrastan con azules y amarillos, algo se silencia, el sistema se transforma. Verónica Di Toro tenía un sistema de códigos que usaba para agrupar módulos ortogonales de manera precisa y ordenada. Dentro de ese sistema existían familias de módulos de todos los tamaños, pequeños modulitos que se combinaban unos con otros formando un patrón, y enormes módulos que ocupaban por completo los espacios que habitaban. El alfabeto ahora es otro.
Lo módulos siguen siendo módulos, siempre lo serán, de eso no cabe duda, sin embargo su rectitud parece haberse distendido: los módulos se han relajado. Las perpendiculares se recuestan unas sobre otras, como libros en una biblioteca desordenada. Las formas que los componen padecen cierta anomalía difícil de precisar, por momentos las proporciones se descompensan, se deforman, por momentos parecen  personajes de Xul Solar que se olvidaron que su lenguaje es el neocriollo y no la abstracción geométrica. Las figuras siempre tan rigurosas presumen una falsa suavidad, encastran unas con otras, apacibles y envolventes, casi algodonadas. Estas formas no son un acercamiento de algo que los excede sino una unidad casi completa, se contienen a sí mismas.
El efecto nunca es el esperado, aquel infaltable efecto óptico que históricamente acarrean las obras que indagan en la geometría como lenguaje primordial y en el color como medio de transporte,  parece ahora un accidente imperceptible: una ilusión mínima de movimiento en el mundo exterior que gira alrededor del individuo. Un hálito de vértigo, un comienzo de lipotimia.
Hete aquí la exigencia de un espectador escéptico y perspicaz, que no se ahogue en un vaso de pigmentos apastelados,  capaz de apreciar un código de colores ajustadísimo y la vibración atenuada de sombras que apenas se anuncian. Hay que ser un poco desconfiado para apreciar una geometría que ha abandonado la solemnidad.
Sofía Dourron – septiembre de 2014


25/6/12

Bonito Tándem - Galería Sendrós - 2012








Verónica Di Toro es una artista que se sitúa en la mayor – y más estricta – tradición de la abstracción geométrica, tal como la que surge en Europa en el siglo pasado.
En sus pinturas lleva años explorando las distintas vías que ofrece esta corriente inseparable de la modernidad; en cada etapa de su creación desarrolla una búsqueda determinada, proponiendo diferentes variantes dentro de una orientación artística y estilística particular. 
Al observar atentamente el conjunto de las obras que Verónica Di Toro ha realizado desde hace aproximadamente diez años, se desvela una progresión continua en la expresión de una dinámica de las formas que se manifiesta a lo largo de las diversas etapas de su producción. 
A partir de la aparición de las primeras vanguardias y desde el inicio de los diferentes desarrollos del arte geométrico – mucho antes de que surgieran los artistas cinéticos – una preocupación mayor de los pintores ha sido la expresión de la movilidad, del movimiento potencial y de una dimensión dinámica. Estos últimos transmitieron en sus cuadros, a través de la concepción particular de sus opciones estéticas, una fuerza, un potencial dinámico más o menos presente y de índole variable. Las formas en suspensión que evolucionan libremente en el espacio sin límites de Malevich, la movilidad latente de los múltiples y pequeños rectángulos que Bart van der Leck distribuye sobre el plano-soporte, los movimientos circulares y arremolinados de los discos multicolores de Delaunay, los deslices laterales implícitos en las composiciones de Fernand Léger, la tensión fuertemente contrastada que aparece en las pinturas de Lászlo Moholy-Nagy no tienen mucho en común, pero demuestran la riqueza expresiva de la abstracción geométrica.
Precisamente en este campo, la evolución artística que Verónica Di Toro realiza a lo largo de los años, presenta gran interés.
La muestra en el Centro Cultural Recoleta del año 2003 y aquella de la Fundación Proa en 2005, presentan un conjunto de pinturas con colores diversificados y con formas geométricas estáticas que no ocupan el espacio arquitectónico de manera pasiva, sino que lo definen, le dan vida y le atribuyen cualidades específicas. En tanto espectadores visitantes de la exposición no nos encontramos frente al mundo visual creado por Verónica Di Toro sino dentro de él.
En 2004, en la muestra del FUNCEB (Fundación de Estudios Brasileros), la multiplicación de los módulos cuadrados y agrupados, así como el uso simultáneo de líneas oblicuas y verticales brindan al conjunto de la instalación viveza y dinamismo.
Un aspecto de este recurso estilístico se encuentra desarrollado en la serie de los “Rayados”. No es tanto el movimiento de las oblicuas, sino el de un cierto bascular de las verticales lo que a veces interviene de manera muy sutil en la construcción; esas líneas se convierten en elementos discordantes respecto al rectángulo estricto de la tela. Un recorte inesperado, unos campos visuales truncados, unas líneas verticales y oblicuas muy acentuadas, todas estas particularidades de estilo concurren para crear el sentimiento de un movimiento continuo que perdura allende del lienzo. 
El procedimiento del fragmento y de la fragmentación de las formas geométricas se desarrolla paulatinamente, sobre todo a partir de las obras realizadas en 2009. Las figuras geométricas se recortan de manera abrupta, y el espectador se enfrenta a la visión tan sólo de una pequeña parte de un todo que se le escapa.
Dos años más tarde, en una serie ejecutada a partir de 2011, las formas se alejan todavía más de aquello que pudiéramos designar como “familiar”. Una sensación de extrañeza, de desconocido, a veces con alguna reminiscencia – pero en fin de cuentas improbable – se agrega a un sentimiento general de incomodidad; el cuadro nos remite a un más allá indefinible con la violencia que transmiten, tanto el corte inesperado y a veces abrupto de las formas, como los numerosos ángulos agudos que se abren y fugan hacia el exterior del cuadro. Una sensación de inestabilidad predomina, semejante a un estado de tensión, como el de una explosión instantánea antes de su estallido.
Algunos aspectos de la obra reciente de Verónica Di Toro nos remiten a la corriente pictórica norteamericana de los años 60, en particular al movimiento hard edge (Ellsworth Kelly...) por el carácter expansivo y abierto de esta orientación, por el corte nítido y abrupto de las formas, las cuales no están contenidas dentro de los límites del cuadro.
El arte de Verónica Di Toro debe también mucho a su investigación cromática: casi siempre los colores son fuertemente contrastados, sin que esto constituya una regla absoluta. No se excluyen los tonos pastel, y a la vez, los colores estridentes son frecuentes. La elección y la originalidad de los tonos eluden todo sistema preestablecido; el color llama siempre la atención por su intensidad y demuestra una sensibilidad que mantiene una distancia sutil con el registro emocional o sensual.
La concepción y la disposición de las formas y de las líneas, así como la investigación cromática contribuyen a crear un mundo visual en tensión permanente, un mundo con un dinamismo contenido pero a punto de manifestarse con vigor e intensidad, y abierto sobre un espacio en expansión.
El trabajo de Verónica Di Toro se define de la mejor manera por su carácter de investigación permanente, una búsqueda que continúa renovándose con los años. Sus últimas obras transmiten una fuerza dinámica notable, en ellas predomina una sensación de estallido: tan sólo miramos el cuadro y ya nos sentimos propulsados al exterior de sus límites concretos, proyectados hacia el espacio exterior, un espacio tan desconocido como el imaginario de la artista.

Danielle Perret, Mayo de 2012
Curadora independiente (Universidad de Ginebra)